Este fin de semana, el sello nacional LeRockPsicophonique dio pie a la segunda edición del LeRock Fest, que prometía seguir la línea de su predecesor, o sea, reivindicar y consolidar las nuevas direcciones que la música local ha seguido.

Fotografía LeRock Fest – Sebastian Arriagada

Sumada a la fórmula de la convocatoria anterior, que contaba con bandas nacionales y latinoamericanas, se aumentó la apuesta y se consideró agregarle dos headliners anglo de primera categoría, como lo son A Place To Bury Strangers y Daughters. El espacio también cambió, y era de esperar, la cantidad de gente que se acercaría durante la tarde del sábado a Matucana 100 hubiera repletado más de un par de veces el local empleado en la oportunidad anterior.

Los tres escenarios repartidos por el recinto albergaron 22 shows de distinta índole. LeRock ha sabido sacarle provecho a su prestigio: A nivel nacional, es uno de los sellos más innovadores en cuanto a sonidos cercanos al rock, como el post-rock, math rock y shoegaze que colman su impresionante parrilla. Con esto en mente, complementaron perfectamente el sonido criado en casa con potentes apuestas externas, por lo que el ambient y la experimentación electrónica también tuvieron su espacio.

La potencia de bandas como Malviaje, Wanderlüst, E A Terra Nunca Me Pareceu Tão Distante y Arias, se contrastaba con el cálido abrazo de aquellos sonidos que nos transportan a los lugares más seguros de nuestras mentes, guiados por la dulcesvoz de Natisú, los suaves acordes de José Tomás Molina o las cálidas atmósferas de Inverness, banda insignia del shoegaze nacional que celebraba 10 años de su primer trabajo, Iluminaciones. Otros, por su lado, preferían rendirse ante la hipnotizante vibración electrónica de los sets de Iha o Pol del Sur.

El festival se desarrolló sin complicaciones técnicas, otro punto a favor del sello chileno, que demostró una vez más su experiencia en las mesas de control. La acústica del lugar fue bien manejada en los tres escenarios, y en caso de que algo fallara, junto al merch se vendían tapones para los oídos. Lo cual hacía sentir una genuina preocupación por el público, quienes respondieron positivamente ante cada presentación. Nada más rico que escuchar perfectamente un concierto, ¿verdad?

A medida que la noche se acercaba, más público llegaba a M100. Lamentablemente, la temperatura también caída y, para quién no fue abrigado, pudo terminar siendo un verdadero problema. Pero, no hay frío que no se pase sin un buen ejercicio, y es ahí donde entran en acción los espectáculos principales, dos shows llenos de adrenalina de principio a fin. La hora se acercaba y la tormenta ya era inminente.


Partamos por A Place To Bury Strangers. Aunque, ¿por dónde partir? Una banda que junta tan ordenadamente las partes de sus piezas, pero que al mismo tiempo las destruye sin ningún remordimiento. Construcción y deconstrucción constante en el escenario y fuera del mismo.

El trío conformado por Oliver Ackermann, Robi Gonzalez y Dion Lunadon se paró frente al público sin ningún tipo de presentación y simplemente lo atacaron. Las disonantes notas eran disparadas por todo el lugar, mientras que los cuerpos comenzaban a absorber esa energía y olvidar la baja temperatura. Tan pronto como la banda se introducía en su primera canción, los cabezazos comenzaron a caer, la gente comenzaba a corear y el fuego se propagó.

Con la banda en medio de la audiencia que, vuelta loca, saltaba y agitaba sus puños en el aire, el espectáculo llegó a su punto más alto. Para los que estaban atrás, sólo era Dion tocando sobre una plataforma, un parlante quizás, pero eran las tres bestias desatadas. La locura que contagiaban al momento de distorsionar sus notas, de destruir sus instrumentos, de seguir tocándolos: creación y destrucción en perfecta armonía.

Tras la potente performance de sus compatriotas, Daughters eran los encargados de coronar la jornada. Hace poco más de una hora, habían estado en el punto de prensa intercambiando opiniones con periodistas y fanáticos, donde la banda indicó que ya no volverían a tocar material antiguo, que You Won’t Get What You Want, uno de los discos más aclamados del año pasado, fue su paso a la madurez. Ya no son el grupo de amigos que se juntaba a tocar mathcore y divertirse, ahora la cosa es seria. Seria y oscura.

La banda más esperada del festival se paraba en el escenario y con su sola presencia daban cuenta del enunciado anterior, no estaban acá para divertirse, estaban aquí para dejar la caga’. El carisma de Alex Marshall cuenta por sí solo porqué él es el frontman. A ratos tambaleante, otras veces histérico, divagante, ¿cuántas personalidades del vocalista pudimos ver durante esa noche? No creo que alguien pudiera enumerarlas, y eso le cae como anillo al dedo a la atmósfera de del álbum, ese que va tan bien acompañado por la perturbadora cara estampada en su portada.

Marshall y el resto de la banda nos llevaron de la mano por las terroríficas pistas de You Won’t Get What You Want. Nos contó historias de pactos con el diablo, de nihilismo, de pesimismo, de desesperación. Como una versión moderna del Dr. Jekyl, cada vez que la música subía el ritmo, él se transformaba un monstruo, uno que se devoró al público pero que dejó lo mejor de sí con nosotros.

Revisa los registros de LeRock Fest 2019