La mancha de sangre se extiende sobre el blanco.

Los Prisioneros salvaron mi infancia y mi juventud. Fueron parte de mi cantico combativo/nostálgico que gritaba vehementemente en medio de la noche junto a las canciones de la Violeta, de Victor Jara o Inti Illimani. Aunque no crecí en una familia opositora al régimen militar de Pinochet, las canciones de Los Prisioneros se transformaron en himnos, tanto para quienes vivieron de cerca de la dictadura, como para nosotros: los herederos del neo liberalismo y la seudo democracia. Los Prisioneros tocaban mientras se practicaba una amplia represión política por parte de la DINA, con abusos, atropellos a los Derechos Humanos, allanamientos, torturas, asesinatos, que principalmente afectaban a militantes o simpatizantes de la Unidad Popular. En este contexto, un número considerable de chilenos se refugió en embajadas extranjeras o se fue del país. Entonces Los Prisioneros crecieron integrados en el contexto social que les tocó vivir, como la explosión libertaria del rock de los años 60, pero esta conexión fue significativa, tan significativa como emergen las miradas perdidas en los espejos y Los Prisioneros pasaron de un liceo capitalino a la fama continental a través de un rock influenciado mayoritariamente por Inglaterra; de un Miguel Tapia que construyó una batería con instrumentos de cocina, de un Claudio Narea que era capaz de caminar de San Miguel a Providencia sólo para gastarse el dinero del bus en discos, de unos prisioneros que apartaron de ellos el mal gusto de querer coincidir con muchos. Su música jamás tuvo que ver con el molde de rock a lo Rolling Stones, sino más bien “con una sensibilidad plebeya”. Los Prisioneros lograron elevarse por sobre del debate político-partidista de la época con una belleza tremenda. González se reconoce en ese momento más humano que social. Pero poco antes de eso, sus dardos habían apuntado a la cruel diferenciación de clases que a ellos los afectaba directamente y a los modos gastados de la cantautoría contingente o la creación seudovanguardista.

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Ser chileno y no reconocer el impacto y alcance que tuvieron Los Prisioneros en nuestra conformación identitaria, en nuestro grito por la alameda, sería una contradicción, casi un pecado. Porque más allá de gustos musicales o cualquier otra cosa, lo cierto es que la banda de San Miguel, sigue siendo un referente para personas de todas las edades. Jorge González fue el primer hueón relevante en la música chilena que dijo que le cargaba el rock. Aunque sus canciones son tan o más potentes que cualquier riff creado. Jorge González es la ironía de la crítica desde adentro. Ni si quiera es la voz punketa antisistémica. Es un todo personal. Jorge González fue la voz de eso que no tenía voz. Jorge es la suceción de fuerza y de verdad que no se veía desde las últimas composiciones de Violeta Parra. Porque marcó una generación completa; a nuestros padres e incluso a nosotrxs mismxs. Y aunque pueda no gustarte la voz de Jorge González o considerarlo ególatra o desafinado o un hijo de puta, no neguemos lo innegable: Jorge González significó todo para Chile. El mensaje. La forma. El desprejuicio. Más allá de la bandera del electro-pop que trae este disco -que luego se convirtió en pieza clave de la música electro pop chilena-. Por eso yo creo que es tan importante este disco. Para mi, el mejor disco de Chile. El Corazones es la biblia de la nueva escuela de pop.

 Jorge González nos entregó algunos de los mejores temas de amor del cancionero nacional cuando se esperaba un disco político que celebrara el término del régimen militar y que fijara, a su vez, hitos para el retorno de la alegría. No fue así. Porque he aquí a un Jorge González artista que quebró todas las expectativas del público porque invirtió la relevancia de los ejes temáticos que movieron a Los Prisioneros. Corazones descansó en el componente romántico pero, a su vez, mantuvo cierta posición crítica. El «Corazones» fue una reinvención profunda para Los Prisioneros: temáticas sociopolíticas que, con el tiempo, fueron dando paso a constantes relacionadas con el desamor y las angustias de la soledad. Lo contestatario se estrelló de lleno con sintetizadores e inundó a toda una generación entera y a nosotros mismos, por dentro, muy adentro. González utilizó recursos experimentales del punk con hallazgos de Depeche Mode, New Order o Erasure. En el «Corazones» se deshacen de sus antecesores dando libertad absoluta a los sonidos sintéticos y dejan de lado el mensaje social para dar paso a pequeños relatos amorosos de historia de González. Es un ejercicio de desahogo absoluto. Un signo humano y profundo, pero de una tristeza apática pasiva agresiva. Es el disco pop perfecto, ese que te hace bailar, cantar, llorar y sentir las canciones como si estuvieran escritas solo para ti. Aunque en un comienzo, cuando el «Corazones» fue lanzado en mayo del 90, ni la crítica ni los seguidores del grupo respaldaron al disco. El tono contestatario de los primeros álbumes de Los Prisioneros se estrelló de lleno con un álbum de canciones resueltas sobre sintetizadores y letras que hablaban de amores imposibles. A su vez Narea nunca fue amigo de lo sintético. Allí empezó el quiebre. Pero la llave para entender el cambio de paradigma de Los Prisioneros es puesta a propósito al final del disco: “Alguna vez te acuerdas / cuando todo era amable y divertido / con la sonrisa irónica ahora es lo único / que nos podemos dar”. Un Jorge González tan íntimo como desprejuiciado al tiempo que atento a los sonidos en boga. Irónico y encubierto. Ya no hay resentimiento ni envidia. Supuestamente, la mujer en cuestión es el combustible que convirtió a González en Prisionero y a Narea en Profeta, convirtiendo la crítica del disco en un intenso y romántico melodrama, con un vicio que carcome en silencio la lírica susurrante de la noche, más que el abuso social.

 «Corazones» empieza con un viaje en tren, un «Tren al Sur» que se presenta sin el incendio político, dirigido a una mujer, pero aun así hay mucha política dentro del disco pero viste desde la profundidad del cuerpo, porque Jorge nos habla sobre ser pobre y ser guacho, hablando desde el cuerpo que sufre lo social en carne viva mientras ve pasar a un Chile por la ventanilla. «Y no me digas pobre por ir viajando así, no ves que estoy contento, no ves que voy feliz, viajando en este tren, en este tren al sur…». Se me viene a la mente a Charly García cantando «No voy en tren voy en avión», pero acá Gonzáles nos demuestra con verdad que hizo un himno de su corazón a través de líneas férreas y estaciones como venas. Todos nos subimos a ese tren en algún momento de nuestras vidas y miramos por las ventanas y nos dimos cuenta de que ya no hay trenes al sur. Sólo música por dentro. Un apogeo. Autobiográfica.

«Amiga mía» parte magistral. Transformándose en un himno dentro del disco. Amor y amistad tratada de forma dialéctica, como una canción de despedida. Una canción a la imposibilidad. «Como otra piel, como otro sabor/ Como otros abrazos, otro dolor/ No habrá otros latidos, no habrá otros orgasmos/ No habrá otras promesas ni otro calor». Canción stalker por excelencia. Pero realizada de forma magistral. Que genio que es Jorge González. «Al olor de tu sangre, al sabor de tu cuello/ Al dolor de tu llanto al color de tu voz/ Moriría mañana, moriría en éxtasis/ Moriría en el fondo del éxtasis». «Amiga mía” constituye el venir de los amantes, el momento del goce del otro. Jorge González describe la plenitud que emerge del despertar con el sujeto amado, plenitud que se contrapone, claramente, con la provocación del término del goce carnal, cuando –sin la presencia del amor- emerge el deseo de que el otro se vaya de una buena vez. “Amiga mía” se concentra en ese momento de éxtasis en el que sobre las sábanas sudadas se comparte café y caricias que dilatan lo máximo posible el inicio de la jornada. Jorge le canta a un amor que ya no existe, a una perdida romántica, quizás hasta se podría tocar el tema del femicidio con esta canción, porque así parte todo: un juego de singular y plural. Pero lo más inmenso de esta canción, como la linguística de un monarca lírico, es poder decirle a alguien amiga cuando ya sabes que perdiste su corazón para siempre. Un grande; entre recuerdo de sudores de almohada. Cuentan las malas lenguas que, una mujer, fue la causante de la separación de la banda. Una canción desgarradora, donde se mezclan distintas teorías con respecto al triángulo Narea- Carvajal- González. Existen quienes creen que la temática de la canción va dirigida exclusivamente a Claudia Carvajal, esposa de Narea, quien fue descubierta por éste último, manteniendo una relación amorosa con González. De esta forma, Amiga Mía, vendría a jugar el rol de manifiesto de la infidelidad.
Acá nos vamos a la mierda, sinceramente. Esos sintetizadores son de otro mundo. «Con suavidad» es el adelante del nombre del disco. El amor. El romance. Los corazones. Un reggeaton electrónico marcado por un bestial tiempo y ritmo de los 80. ¿Bailemos? Mientras Jorge nos habla de rutinas, de amigos, trabajos y corazones.«Toda la semana igual, el trabajo, los estudios/ con tu espíritu dormido esperando aquello llegue de tan lejos/ yo te poseo sin tocar nada, y sin hablarte anuncio…» Hasta que nos destroza el alma y el cuerpo con el: «Voy a desnudarte/ voy a estrecharte contra la pared/ leeré tu cuerpo mojare tu pelo con suavidad». Una relación de placer y amor y destrucción caníbal en lugares comunes del erotismo. Jorge se cansa de la rutina latosa que no podemos dejar y de la tentación omnipresente. Continúa con esta lógica de relación intensa, de atmósfera prohibida, de amantes que, por alguna extraña razón, se encuentran luchando contra la corriente.

Ahora viene «Corazones Rojos». Y no sé como empezar a escribir sobre esta canción, sobre esta TREMENDA canción. Es una cruda radiografía a la cultura machista. Este tema viene a dar ese cese a la intensidad carnal, pero no a erradicarla por completo, sino que la direcciona a una vereda más políticosocial. Se nos presenta un González rapeando: «En la casa te queremos ver. Lavando ropa, pensando en él. Con las manos sarmentosas y la entrepierna bien jugosa. Ten cuidado con lo que piensas, hay un Alguien sobre ti. Seguirá esta historia, Seguirá este orden, porque Dios así lo quiere, Porque Dios también es hombre.» Acá la mujer se subordina a las órdenes dictadas por el patriarcado y limita su participación en la sociedad a una sola labor: obedecer. Son ciudadanas de segunda clase, sin privilegios y sin honor, y así es como se ordena el mundo: Son agredidas, menospreciadas y vulneradas solo por el hecho de ser mujeres. Acá Jorge González ya no le habla a la dictadura sino que se adelanta a la dictablanda de la concertación. Así es como Los Prisioneros por medio de rimas y melodías rockeras y sintéticas nos entrega sin eufemismos, el triste escenario de la injusticia y la violencia que le ha tocado a la mujer. La letra de Los Prisioneros, independiente si se trate de feminismo o no, logra llegar y logra ser una herramienta de concientización social.

Continua «Cuéntame una historia original», muy Pet Shop Boys, o quizás una antiquísima de Alex Anwandter ya que el «Corazones» es la escuela del pop de la nueva generación de músicos. «Mejor compremos chocolates» resume todo. Donde a González ya no le interesan necesariamente los dolores sociales. “Todo el mundo dice que vive sufriendo como nadie más, cuéntame una historia original”, es el mensaje que escuchamos repetidas veces, a lo largo de los coros. Y es que nadie está exento de problemas, pregúntenle al mismísimo González o a Narea. Con esta canción se me viene la imagen de Jorge González tirando los micrófonos al piso, con rabia extrema, en plena conferencia de prensa, inevitablemente.

 «Estrechez de corazón», emerge y todos nos vamos a la mierda. Nos damos cuenta de que en este disco no hay retorno, que no hay perdón ni olvido. La confianza terminó, y con eso, también la amistad, la relación de González y Narea, ergo, la banda. Una canción, donde además, identificamos una de las letras más paloyo del disco. Una lírica que habla desde el dolor interno, el sufrimiento, el desamor y el desgarro: “No te pido nada más, que valores este amor, que lo guardes en un libro y lo atesores cerca de tu corazón”. Las palabras de González se tornan como cuchillos afilados cuando las manejan orgullos y pasiones que lentamente, metamorfosea el amor en odio. A pesar de advertirle a la mujer que no tolerará esa enfermedad y el juego o la guerra del amor tiene un desenlace inexorable.

 «Por amarte», séptimo track del álbum. Una canción donde da luces de cierto grado de arrepentimiento. De una forma muy personal, quizás el disco está dedicado exclusivamente a la misma mujer, ya que el «Corazones» es en rigor la primera aventura solista de González. Reconoce que se equivocó, pero que lo hizo por amor. Es una canción demasiado intensa, paloyo. “Amarte es mi perdición, mi vida entera/El cielo disfrazado de infierno”, dice González, interpretando las frases, casi al final del tema, con profundo desgarro.

 «Noche en la ciudad» es el hit bailable. Un pequeño vuelco dentro del disco. Una melodía rápida y bailable, sintetizadores electrónicos envolviendo todo. Es una canción que repudia el orden y la moral cristiana conservadora, y siento que no es una canción del «Corazones», por la mera razón de que es demasiado movida y rápida para el disco. Cuestiona el conservadurismo de la sociedad chilena de inicios de 1990, la que necesitaba establecer un férreo control ético que, en alguna medida, antecede la irrupción de la vertiente higienista que ha tenido un poderosa expansión en las primeras décadas del siglo XXI. Pero como lo he dicho la mayor parte de mi vida, Jorge Gonzáles es un genio, un puto genio,  y pensó todo muy bien, terminando el disco con la balada más emotiva jamás creada: Es demasiado triste.

 «Es demasiado triste», habla por sí solo. No hace falta explicar que se trata de una balada deprimente, lúgubre y emocionante. También va dedicada a una mujer, es un himno al desamor, al llanto, a la desesperación, a ese amor que dejó una herida. «Es el maldito amor le gusta reirse, reirse en tu cara…» Pero nos damos cuenta de que estamos demasiado jóvenes para estar tristes. Pero González nos dice en esta canción que la mejor forma de escribir es con el corazón roto. Esta canción es como su nombre lo dice, demasiado triste, marcando el fin. El fin de este maravilloso disco. El fin de una época. El fin de la amistad de Narea y Gonzáles. El fin de la banda. El fin de una generación.

 Los Prisioneros pueden proyectar nada más que la eternidad del instante. «Corazones» tiene su eje central en un intenso romance. De esta forma el «Corazones» deja de lado las guitarras para contarnos una historia original a través de sintetizadores. Nos cuenta la intensidad del amor cuando un cuerpo entra en otro cuerpo o un corazón se disuelve en otro corazón. La fotografía de Alejandro Barruel elegida para la portada es vehemente: la camisa blanca de Jorge González con una mancha de sangre a la altura del corazón da para pocas interpretaciones. Así es la portada Corazones, de una intensidad y un desparpajo que llamó la atención más allá de ser el primer disco de Los Prisioneros sin uno de sus integrantes históricos.

En este disco,

Jorge nos enseñó a que la rabia también se puede bailar.