Dos relatos, tres historias, distintos caminos, pero finalmente un solo final o destino en el cual se pueden conectar todos ellos. A grandes rasgos así se podría definir “Piola”, el largometraje debut del director Luis Alejandro Pérez, el cual se desenvuelve entre la cultura hip hop, la amistad, la juventud, las responsabilidades y el peso de nuestras propias decisiones con las que nos comenzamos a definir como adultos. Agregándole un sello y un retrato de la disconformidad social de la clase media y propia de nuestra juventud, logrando algo más que una cinta sobre amigos y hip hop.

Piola se centra en Martín (Max Salgado) y Charly (René Miranda) quienes construyen su mundo en la comuna de Quilicura a punta de carretes, amigos y rap, el cual es el engrane con el que conectan todo, y el medio por el que ellos también ven la posibilidad de salir de ahí. Por otro lado, está Sol (Ignacia Uribe), quien más que querer salir de ahí, busca un medio de escapar y abstraerse de la vida en familia con su mamá, de superar el extravío de su perrita “Canela” y los errores y aciertos de una relación sentimental que aún no sabe dejar.

Entre historias y problemáticas, el director logra conectar todo por medio de capítulos que van dándole un desarrollo perfecto a cada personaje, logrando que al momento de narrar las tres historias aquella narración fluya de forma natural hasta el punto en que todo se une. Es justamente la narración uno de los pilares fuertes de la película, la cual fluye justamente como una canción de Hip Hop, haciendo énfasis en matices y momentos precisos a la hora de dejar expectante al espectador. Siento que esta película quizás no sería lo mismo si no fuera narrada por medio de estos capítulos, quizás tendría el mismo resultado, pero no tendría la energía que le da el formato episódico que posee la cinta.

Lo anterior va de la mano por la interpretación de los actores y la dirección de actor que estos poseen, porque acá no sólo los tres jóvenes protagonistas se roban la pantalla, sino que a ratos sus compañeros de escena son capaces de robarse la cinta. Aquello sucede mucho dentro del círculo de Charly y Martín, el cual al ser más amplio que el de Sol nos muestra a otros personajes que con alguna frase, una manera de ser representado o simplemente su presencia en la escena, los vuelve el centro de atención. Lo más destacado de dicha representación es que aquella no se siente exagerada ni menos como si estuvieran estigmatizando a un grupo de la sociedad, sino que ve y se percibe de forma natural, lo cual no se ve en muchas películas de cine chileno, pero si se ha podido apreciar en cintas recientes como Mala Junta (Claudia Huaiquimilla, 2016) o Volantín Cortao (Aníbal Jofré – Diego Ayala, 2013).

Siguiendo con el retrato del barrio, la calle y el mundo en donde giran los protagonistas de Piola, este tampoco se ve estigmatizado ni exagerado, el ojo del director se encarga de mostrarnos una mirada simple, natural, como la mirada que uno mismo tiene de su calle o pasaje mientras camina al paradero a tomar la micro o va a comprar el pan al negocio de la esquina. Esa simplicidad y por sobretodo honestidad, logra que, hasta los planos más sencillos como la visión desde el cerro al momento de finalizar el carrete de Martín y compañía, se sientan hermosos. Un plano que quizás más de alguno vio en el cerro de su ciudad y que aquí aquella sensación es capturada con ese mismo realismo y sentimiento. Mientras que dichos planos a la ciudad y al barrio la cinta no los muestra porque sí, sino que cada plano también tiene su historia y funciona como otro protagonista más de estas tres historias.

Dejando de lado lo técnico y profundizando en la historia y la visión de nuestros protagonistas, esta no es muy diferente a la de uno mismo. En el caso de Martín y Charly, ellos ven su música como un escape de su propia vida, de sus deudas, de sus atados, de sus dramas tanto familiares como personales, siendo un retrato de más de alguno de nosotros, al momento de buscar una solución a nuestras problemáticas económicas, sociales, incluso a nuestros propios dramas familiares, pero que sin duda –sobre todo en la juventud-, esta es echada abajo por lo poco realista de aquella cosmovisión acerca de cómo funciona el mundo. Aquello se ejemplifica sobre todo en Martín quien ve la música como algo más que sólo eso, lo cual le acarrea problemas con sus propios amigos y sobre todo su familia, llegando a una discusión que quizás todos hemos tenido en ese sentido. En tanto para Charly, la música muchas a veces toma un segundo lugar y este pasa a ser el más realista de los dos, pero no por eso el que menos representa la idea de la ambición de tener un futuro mejor, dado que a cuestas él tiene la mochila llena con el futuro de su hijo, un hijo a quien no ve mucho, pero que de igual manera trata de preocuparse por él, optando así a un empleo mal pagado, para ayudar a su expareja, historia que sin tener el mayor desarrollo de igual forma logra tocar una hebra dentro de nosotros los espectadores.

En tanto para el caso de Sol, si bien la problemática social y económica, no representa mucho en su cabeza, no porque no tenga deudas, sino que esta es quizás menos importante que su real problemática que es la emocional, la cual se desmorona al perder a su perrita “Canela”, y al responsabilizar a su madre de aquello, sacando a flote los dramas familiares y sobre todo emocionales que estas dos tienen. Aquella búsqueda de lo emocional nos lleva a conocer no sólo los problemas familiares de Sol, sino que también los sentimentales al seguir manteniendo una relación que no va a ningún lado con su expareja, un escape emocional que no sólo nos habla de una situación específica de la adolescencia, sino que aquella se puede presentar dentro de cualquier etapa del ser humano, sobre todo al momento de que un vínculo como lo es el amor hacia una mascota es cortado de forma tan repentina, como es el caso de Sol y “Canela”, y en donde más vulnerables somos al momento de buscar y encontrar algún vínculo que nos sirva como salvavidas de nuestro propio caos emocional.

“Piola” pese a ser una película que en su tráiler nos muestra el retrato de una parte de la juventud chilena, es algo más que eso, dado que las problemáticas se sienten atemporales y universales, lo cual nos lleva a preguntarnos qué está mal, ¿por qué viendo una película sobre adolescentes me puedo sentir tan identificado?, ¿acaso soy yo el problema o es algo más? Y claro, la respuesta, es que es algo más que una película sobre adolescentes, es una película sobre los miedos a la adultez, nuestra propia y frágil confianza, y las carencias emocionales, pero por sobre todo económicas a las que nos vemos enfrentados ya sea siendo jóvenes o ya estando establecidos dentro del sistema, y es que al ser aquella la respuesta, es que es una muestra de lo mal que fluye el sistema y la propia sociedad actual, la cual no cambia, simplemente hace que nuestros problemas aumenten en vez de disminuir con el paso del tiempo y los años, ya sea de forma emocional o económica, acá ninguna problemática opaca la otra, sino que ambos son una sola, como las historias que muestra la cinta, que pese al ser todas distintas y con un mensaje distinto, el emisor de dicho mensaje es uno solo.

La cinta dirigida y escrita por Luís Alejandro Pérez fue estrenada este jueves 26 de noviembre luego de un largo recorrido por festivales como el SANFIC (Santiago Festival Internacional de Cine), -en el cual agotó entradas para su función-, y también en el Festival del Cinema Latino Americano di Trieste, Italia, además de ser seleccionada para exhibirse dentro de lo que fue el Festival de Cannes de este año.

“Piola” podrá ser vista desde este momento por medio de la plataforma de Punto Ticket, en donde la entrada digital para verla tiene un valor de $3.000 y podrá usarse en un plazo de 24 horas, mientras que, en la página de Matucana100 también se pueden comprar entradas para ver la cinta, con la diferencia que sólo se podrá ver en dos horarios, el de las 18 horas y el de las 22 horas, como si fuera una función de cine real.