Fotografía: crédito Lotus
Por Francisco Millan G.

Anoche fue el encuentro que tenía pactado Sigur Rós con el público Chileno. El debut de los islandeses deslumbró a los 11 mil asistentes reunidos en los distintos espacios del Movistar Arena.

Eran las 21:15 PM y el público comenzaba a pedir al trío de Post-rock. Las luces se apagaron y entre gritos Jónsi armado de su guitarra y arco de cello, tomaba posición junto al bajista Georg Hólm y tecladista / baterista Orri Páll Dýrason. Una luz tenue dio lugar al comienzo de “Á”, los primeros acordes se dejaron escuchar y el público en un total silencio se unió al ambiente que solo Sigur Rós podía generar en ese momento.

Pero esto no era más que la punta del iceberg, no fue hasta su segundo tema Ekki Múkkque los islandeses nos dieron una clase magistral de cómo llenar de magia un espectáculo. El show de luces y efectos en las pantallas se presentaron como un integrante más, pero no cobraron mayor protagonismo que la mismas melodías. Pequeñas luces como luciérnagas envolvieron el escenario y junto a un sonido deslumbrante hicieron vibrar a todas las almas que llenaban el lugar.

Un repaso por toda su discografía era lo que la banda tenía preparado para su debut en nuestro país. Armonías melancólicas acompañadas de un juego de luces y efectos de imágenes en pantallas fue la tónica de la noche. Clásicos como “Glósóli” o“Fljótavík” dejaron con el corazón lleno a cada espectador que los esperó durante años. La voz de Jónsi acompañando el “Vonlenska” (idioma creado por la banda) dejó perplejo a varios, tan fuerte y envolvente que a ratos parecía estar escuchando un disco de estudio envuelto en la oscuridad de una habitación.

Sigur Ros nos llevó por un viaje etéreo de 15 temas que nos recordaron lo que amamos de la música, el sentir la conexión. Momento clave fue la interpretación de “Óveður”, canción lanzada el 2016 y donde el trío islandés despegó gran parte su energía tomando posición al fondo del escenario, el público observaba en total calma y silencio el inicio de la canción, hasta llegar a los enérgicos golpes de batería, desatando potentes aplausos y gritos en los fanáticos. El escenario se convirtió en un arma y cada golpe lanzó rayos de luz dirigidos hacía el público, creando un espectáculos de luces al ritmo de la percusión, el bajo y los falsetes característicos de la voz.

Todo acabó con “Varða” y el encore “Popplagið”, momento en que la banda abandonó el escenario, pero tuvieron que volver más de una vez, ya que la devoción del los 11 mil asistentes los pedía sin cesar. Un juego con el público y un gran TAKK (gracias) en la pantalla daban fin a una cita que por fin se cumplía.

Con un show prolijo de dos horas, Sigur Ros salda una deuda en Santiago, con un viaje de ida y vuelta a las emociones nos deja con anhelos de repetir la experiencia una vez más.

Registros del concierto: