¿Cómo hablar del “The Queen Is Dead” y reflejar todas las emociones que no puedo explicar con palabras? Este disco me llenó el corazón como la lámpara que ilumina cabalmente los ángulos sombríos de mi pieza, me dejó como un fusil disparado, que aún se sacude y humea; me vacié entero de mi mismo, con estremecimientos, con fantasmas, con la interminable dilatación de mi verdad, de mi corazón sonoro y orquestal, flotando en la angustia perfecta, la resonancia, haciéndose en mi sangre, como si toda la vida se concentrara en ese punto dado, en este disco, y lo acojo y le doy un signo humano, una palabra. Este disco no es de este tiempo. No es de este siglo. Eso es lo primero que pienso al escucharlo. Los fenómenos convergen en el The Queen is Dead como un desfile hiperbólico de epítetos, para mí este disco es morir por un ardiente frío; estar solo noche y día como un muerto y hacer canto en los huesos con un hálito dionisíaco. Es una obra única. Es el triunfo de la sensibilidad y la inteligencia sobre lo mediocre, porque busca un mayor entendimiento de nosotros mismos y nos hace la existencia más soportable. El “The Queen Is Dead” es una mano que nos ofrece un refugio para la soledad donde podemos aplacar los golpes de la realidad. Hay una cantidad infinita de cosas que podría decir sobre este disco que, no sólo trasciende a la banda en sí misma, sino a la música en general, podría decir que nos mata, que nos rompe, nos destruye, nos construye, nos sobrecoge, nos infunde energías; podría decir que en este disco se pone de manifiesto la esencia de The Smiths; que en 1986, en pleno verano inglés, no sólo Margaret Thatcher y la Familia Real golpearían una vez más su cabeza contra la pared, sino que ya nada volvió a ser igual. Era una época en la que el pop británico buscaba denodadamente un atisbo de credibilidad. Quería dejar de ser catalogado como vehículo de consumo para transformarse en la filosofía de vida de una generación decidida. El escenario era lúgubre: la Inglaterra era conservadora y antipática, estaba repleto de los hijos del baby boom de los 60, enfrentados a la primera gran recesión industrial; el día a día de los Smiths también estaba plagado de inconvenientes. Aún así, el “The Queen Is Dead” es uno de los mejores discos de la década. Toda la evolución que hemos seguido hasta este momento llega a su culminación con este disco. Johnny Marr se erige como uno de los guitarristas -y músico- más notables y originales de la década y Morrissey se gradúa como poeta con todas sus letras porque el avance musical se une al avance literario que significa “The Queen Is Dead” respecto a cualquier muestra anterior. Esta vez Morrissey no se basa especialmente en sus miserias, sino que trata de marcar distancia frente a ellas y buscar modos de disfrutarlas. Siento que dijo al terminar este disco: «¿Querían una obra maestra? Pues ahí tienen.»

Este disco marcó el fin de mi infancia.

El título del álbum hace referencia a un capítulo de la novela cruda de Hubert Selby, «Last exit to Brooklyn» (de la cual se haría también una película con banda sonora de Mark Knopfler), donde la reina era un travestido desafortunado en amores y víctima de la brutal incomprensión de su entorno más cercano. Un título inquietante y provocador teniendo en cuenta de donde provienen y qué importancia tiene ahí la monarquía, acompañado de una exquisita portada diseñada por el propio Morrissey basada en el imaginario de la película francesa “L’Insoumis” de Alain Delon (1964).
Conforme empieza a sonar el disco, nos quedamos desconcertados al escuchar algo así como una maestra y sus alumnos entonando una canción escolar, como unos sutiles cánticos al más puro estilo british music hall, dando paso a una memorable batería que nos introduce definitivamente, desembocando al éxtasis con la entrada de Morrissey. Este tema, fuera de ser una sátira feroz sobre la monarquía inglesa, es una carta de presentación ideal a lo que será la tónica general del disco: tiempos violentos, letras depresivas y las guitarras de Johnny Marr que, si bien sutiles, son básicas para entender la atmósfera del álbum. «Oh has the world changed or have I changed?», nos repite Morrissey, para luego sentenciar con una de las grandes frases del disco. «Life is very long when you’re lonely.» La letra es el punto fuerte del disco (junto a las sensacionales guitarras de Marr). El disco debería venir con un enunciado en su portada que diga «Cuidado. Letras demasiado buenas».

«Frankly, Mr. Shankly» es básicamente un insulto continuado al jefe de su discográfica. El tono es algo más alegre, redundando en una enfatización de su base mínima reggae que me parece bastante cómica. «Frankly, Mr. Shankly, since you ask/you are a flatulent pain in the arse/I do not mean to be so rude/still, I must speak frankly, Mr. Shankly». Es un tema muy sesentero, de apenas dos minutos, que nos descoloca completamente, pero no nos damos ni cuenta cuando ya volvemos a estar en las profundidades del abismo con “I know it’s over”. Balada hiriente y brutal, vestida por arreglos góticos con el bajo de Andy Rourke ganando protagonismo y un Morrissey pletórico que nos vuelve a pegar un combo en el hocico con su desesperada interpretación, entonando “Mother, I can feel the soil falling over my head!”, rayando la depresión y hablando sobre el fracaso amoroso. «And you even spoke to me, and said: «If you’re so funny. Then why are you on your own tonight? And if you’re so clever. Then why are you on your own tonight? If you’re so very entertaining. Then why are you on your own tonight? If you’re so very good-looking Why do you sleep alone tonight ? I know… Cause tonight is just like any other night. That’s why you’re on your own tonight. With your triumphs and your charms. While they’re in each other’s arms…» Esta canción duele más que un combo en el hocico. Te deja sin respirar. Te rompe en mil pedazos. Si no lloras con «I Know It’s Over», no lloras con nada.

Never Had No One Ever’ la quiero resumir en sólo una frase. «Oh, I’m alone, I’m alone…». La desesperación y la resignación de Morrissey que nunca ha tenido a nadie, que está solo y que lo tiene más asumido. Siempre he sentido la sensación de que es parte de otra canción, como vagamente a «That Joke Isn’t Funny Anymore» del disco anterior. Acá empezamos a encontrar detalles más armónicos y sinfónicos que dan forma al disco, donde se agregan tremendas cuotas de calidad al servicio de la melancolía, jugando con los extremos, de lo literal a la ironía más descarnada. Y es que la exquisita dupla compositiva que conformaban Morrissey y Marr con este disco toca el cielo, rozando las nubes con el jopo. Ambos, sincronizando sus genialidades en paralelo, parieron una obra que puede ser considerado, sin duda, uno de los discos emblemáticos de The Smiths, de la década de los ochenta y de la historia de la música británica. Lleno de referencias culturales, con un sonido complejo, el cual te va llevando por caminos poco explorados en la época y la revelación de un frontman poco usual que, con este disco, encontró su estilo y forma de expresar su música. El “The Queen Is Dead» puede leerse enteramente como una agresiva burla a los héroes canonizados y una manifestación radical del deseo de darles una oportunidad a los perdedores de siempre. Todo lo que se considera esencial en el pop (personalidad, literatura, buenas canciones) se sublima en este disco. Que después de tanto lamento, nos entrega una canción más positiva: «Cemetry Gates» que, con un ritmo pop marcado con guitarra acústica y un bajo excelente, hace referencia a Keats y Yeats frente a Wilde, nada menos. Siendo nuevamente una crítica, esta vez a aquellos que se metían con Morrissey por «inspirarse» demasiado en determinados autores. De ahí el fantástico verso: «Keats and Yeats are on your side/but you lose/’cause weird lover Wilde is on mine». Nos revela una pareja que se encuentra a las puertas de un cementerio. Manso panorama imaginario, ¿verdad?, ¿Pero es que aún no entienden? Morrissey es un romántico stricto sensu del siglo pasado. Y este tema es la excusa perfecta para trasladarnos a tal período.

Aquí emerge el primer single del álbum y uno de los clásicos de la banda. “Bigmouth strikes again”. Esta canción lo es todo. Esa intro que nos cala por dentro y nos hace vibrar, dónde Marr brilla en las guitarra, con un solo demoledor incluido en la canción, acompañado por una perfecta sección rítmica. Posee un grandísimo ritmo rápido y agresivo que nos hace bailar y nos prepara para escandalizarnos con la ironía de Morrissey: “Sweetness I was only joking when I said / I’d like to smash every tooth in your head”. En la cúspide, Morrissey intercambia coros con una voz femenina, que siento que le aporta algo de frescura e inocencia, la misma inocencia que nos robó, y crea un himno tremendo, sublime. Aunque esa voz no es más que su propia voz con el pitch aumentado. Una canción tremenda, potente y con un trabajo increíble de la sección rítmica de Andy Rourke y Mike Joyce. Como anécdota comentar que la canción está dedicada a Juana de Arco comparando su ambigüedad sexual con la del líder de los de Manchester. Es evidente que la pluma de Moz encontró un complemento perfecto en la magia de Marr con sus policromáticas guitarras y melodías. Un claro ejemplo es la canción que sucede a esta, “The Boy with the thorn in his side”, donde una bella melodía nos indica que ha llegado para calar hondo nuestros corazones con una espina que es la voz de Moz. «And if they don’t believe us now/ will they ever believe us?». En este tema Morrissey experimenta con su voz con ciertos toques de delirio sutiles que nos conducen a una atmósfera al más puro estilo de The Cure, con puro sentimiento y palabras que afloran una oscuridad en la letra. Y aunque las guitarras y la melodía sea esperanzadora, Mozz se lamenta que nadie crea en sus sentimientos verdaderos. La portada de este single tenía una foto de Truman Capote dando un gran salto. Justo después nos llega el momento más flojo del álbum, a mi parecer, con una peculiar canción folk-pop-rockabilly llamada ‘Vicar In A Tutu’. Es extraña, minimalista y magistralmente ejecutada, aunque siento que es cortada de forma abrupta, casi obligatoria, después de que egocéntricamente Morrisey cante de forma repetida e irónica “I am a living sign!”, todo un preludio de su grandilocuencia exacerbada en solitario.

Y por fin llegamos a ‘There Is A Light That Never Goes Out’, mi canción favorita del disco y quizás de la historia de The Smiths. Y por más que intento encontrar las palabras correctas para describir tan sólo una parte de lo que es esta canción, no puedo, y es que ésta historia en donde el protagonista ya no quiere volver a casa mientras va con su amada que conduce el coche, y en un memorable pero violento estribillo piensa en lo feliz que sería teniendo un accidente y muriendo ambos, me hace mierda, como si me levantaran por los aires y me dejaran caer sobre rocas y me comieran desde dentro. Esa violencia crea un fuerte contraste con la temática amorosa de la canción. Ese maravilloso ritmo es belleza pura. La letra de Morrissey es un canto al hedonismo del presente. La breve intro instrumental que estalla con el orgásmico “Take me out…tonight!” es sublime. Y el resto es historia. Ya saben a qué me refiero. No pensamos en nada más. Sólo tu y yo, en la oscuridad de la noche, dentro de un auto, y si se da el caso «To die by your side/ Is such a heavenly way to die». La parte final es memorable, donde Morrissey repité hasta que su voz se desvanece el título de la canción. «Oh, There Is A Light And It Never Goes Out…» Un himno. Sin más ni menos.

Para el final del disco, Morrisey y compañía -o la guitarra de Marr y compañía- nos regalan «Some Girls Are Bigger Than Others», una canción menos sombría, que empieza con la voz de Moz y los sintetizadores como pájaros danzantes que indican que esto es todo, que lo han hecho. Que hasta acá nos dejan y que debemos continuar por nuestra cuenta. «The Queen is Dead» es una auténtica obra maestra y uno de los mejores discos jamás hechos. Diez temas sensibles y poderosos, en el orden que quieras, en el mejor momento de la banda. Estaban a la altura musicalmente de todo aquel grande que se les venga a la cabeza sin distinción de género o estilo. Y es que la sensibilidad de Morrissey y Marr al realizar la música y letra es palpable, como el cuerpo de los amantes, y es lamentable que este disco sería prácticamente el principio del fin para The Smiths. La banda se disolvió como un joven romántico suicida en el XIX. Una auténtica pena para la música que perdió a una de las más grandes formaciones jamás parida. Más de 30 años han pasado desde el lanzamiento de este disco y los sentimientos plasmados aún tienen vigencia y eso es porque nos llegan hasta lo más profundo de nuestros corazones. Celebremos la biblia que es el «The Queen is Dead», que ya es un disco inmortal. Un 10/10 inapelable. No se lo prestaría ni a mi mejor amigo, porque no es solo un disco, es una forma de vida. Todo en él apunta, liberadoramente, a la posibilidad de una huida hacia adelante. Y esa huida, esa música que realmente pueda auxiliar, va lideraba por la voz de Morrissey y las melodías inolvidables de Marr; los alumnos más aventajados de la clase.